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La imaginación infinita de Los Dorados

Después de diez años en silencio, Los Dorados, grupo emblemático de la música creativa en México, regresa con Nueva luz, su nuevo álbum. Presentamos una retrospectiva y una charla.

Por Oscar Adad

En una cabalgata que levanta el polvo en el horizonte mientras su sonido crece conforme se acerca, una banda de célebres forajidos que todos daban por muerta, anuncia su regreso. Después de diez años de silencio, traen consigo un manifiesto sonoro en el que el caudal de la imaginación fluye con vigor y hace olvidar el tiempo transcurrido desde su partida. Ese manifiesto es un canto a la creatividad colectiva, a la amistad y a la libertad y un llamado a no extinguirse a pesar de las circunstancias. Ese manifiesto se llama Nueva luz, y esos forajidos son Los Dorados.

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Era 2004 cuando me llegó su primer disco. Venía en una pila de nuevos lanzamientos que Joseph Muñiz, de Noise Kontrol Records, me había dado para promover en el programa Voodoo Jazz, espacio que conduje por 6 años en Ibero 90.9. Aquel tiempo, la ciudad vivía un fuerte crecimiento cultural: festivales, conciertos y espacios independientes generaban el ambiente propicio para el nacimiento de nuevos artistas y públicos. Fue ahí que, ese álbum intitulado Vientos del Norte (2004), empezaría a escribir la historia de Los Dorados, grupo emblemático de la música creativa de nuestro país.

Desde que vi la portada del disco y el nombre de la banda, se despertó mi curiosidad. Para empezar, me gustó que un grupo de jazz saliera de, al menos, lo convencional de cómo suelen llamarse los ensambles del género en los que predomina el nombre del líder. Pero lo de verdad importante estaba en la música. Sí, se podía catalogar como jazz, pero su fuerza se sostenía —además de en su material 100% original— en el sonido del entonces cuarteto, más en busca del espíritu del jazz que del virtuosismo formal. Es decir, la banda apostaba por la espontaneidad, el riesgo y la retroalimentación con otros puntos de vista y maneras de hacer música. Eso lo hacía una bomba de tiempo. Fue así que, a partir de esa semilla, el grupo esculpió un sonido que trascendió géneros y forjó una entidad con vida propia, algo que muchos anhelan, pero muy pocos logran.

Turbulencia (Intolerancia, 2006) fue su segundo disco y un álbum muy importante, no solo en términos de búsqueda sonora (al electrificar su sonido e incorporar a Dj Rayo), sino en lograr trascender el círculo del jazz. El álbum consiguió que públicos diversos interactuaran alrededor de la banda, algo que no sucede con frecuencia entre las distintas comunidades musicales que conviven en la ciudad de México, ya sea por dogmatismo, pereza intelectual o por lo agreste que resulta la movilidad en la capital. Cualesquiera de estas razones, o todas en su conjunto, son las que, lamentablemente, generan artistas y públicos conformistas y mediocres. Sin embargo, la banda logró sobrepasar estas dificultades gracias también a los diversos medios especializados que expusieron el disco y que aún gozaban de muy buena salud y aglutinaban a la mayoría de las audiencias.

Pero el quinteto también crecía, poco a poco, por el camino que iba a cambiar las reglas del juego en el futuro: la era digital en las comunicaciones. La banda es parte de esa generación del cambio tecnológico que dio paso a plataformas digitales como Myspace, que permitió a muchos grupos independientes tener mayor visibilidad e interacción, lo que daba la posibilidad de echar a andar proyectos y colaboraciones impensables o muy difíciles de lograr en la era análoga.

Fue en este contexto que, Los Dorados, dio un paso fundamental en su carrera al invitar a grabar, para Incendio, su tercer disco, ni más ni menos que al trompetista estadounidense de vanguardia Cuong Vu, conocido por ser parte del Pat Metheny Group y colaborador de David Bowie, entre otros grandes músicos.

Incendio (Intolerancia, 2008) es el material que encontró el equilibrio perfecto entre la experimentación y la composición, sin dejar de lado la espontaneidad con la que el grupo solía trabajar en el estudio.

La presencia de Cuong propulsó la creatividad de la banda a niveles estratosféricos y juntos lograron amalgamar lo que es sin duda un disco esencial en la música nueva en México.

No obstante, a la par que el grupo crecía musicalmente, sus intereses individuales, también. Cada uno expandía su carrera por separado, lo que hacía más complicado mantenerse unidos. Y aunado al cansancio que conlleva sostenerse en la precariedad de la industria independiente, fueron los motivos por los cuales el grupo se comenzaba a fracturar. Pero todavía quedaba algo por hacer.

Good/Evil (Intolerancia, 2011) es, en definitiva, un salto a otra dimensión en la discografía de Los Dorados. Un disco que viró 180 grados tanto en la forma de trabajar como en sus frutos. Editado en formato de vinil, fue concebido, no como un álbum de una banda grabando en vivo, sino de estudio con todas sus posibilidades. Es decir, usándolo como herramienta central de creación. El resultado es fascinante: potentes ideas surgidas en edición final, de corta duración y sin improvisación (una actitud desafiante por ser una banda surgida de la escena del jazz), consolidaron a la banda, no como un grupo de jazz, ni de ningún estilo en particular, sino como un colectivo de música creativa que ya se veía venir desde su primer álbum. Good/Evil fue solo la consecuencia de profundizar en el manantial de la imaginación que distinguió al grupo desde sus inicios.

El álbum se presentó en un emotivo concierto en el Teatro de la Ciudad y fue la última vez que a Los Dorados se les vio juntos. Después, vino el silencio.

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Diez años después…

“Los Dorados siempre ha continuado en espíritu y corazón, pero se ha vuelto cada vez más esporádico el proceso”, dice Carlos Maldonado, contrabajista de la banda, mientras conversamos a través de una videollamada, él (desde su casa en Montreal), Dan Zlotnik, (saxofonista), y yo.

—¿Qué se encontraron en el estudio después de tantos años de no hacer música juntos?

D: La química se mantiene. Hay una cosa de la banda que es que todos crecimos en eso. Éramos muy chicos cuando empezó y ahora somos todos adultos. Pero la vibra, la curiosidad y muchas cosas creativas son las mismas que al principio. El respeto que nos tenemos todos y el afán de que el resultado final sea el mejor posible lo teníamos hace casi 20 años. Sabemos que la suma de todos acaba siendo un buen resultado. Creo que a la hora de tocar todos juntos sentimos medio lo mismo que al principio, que es: hagamos una cosa que no es de ninguno de los 5, porque cada vez los 5 somos más distintos, pero aún así, a la hora de hacerlo juntos, seamos este ente que es Los Dorados.

—Cada disco de la banda tiene una estética clara, pero definida por la espontaneidad en el estudio. ¿Hubo algún acento que buscaran en particular en el caso de Nueva Luz?

C: Si hablamos de la dirección, creo que el disco tiene estructuras mucho más sencillas armónicamente, pero digamos que la tímbrica es mucho más explorativa que en discos anteriores. Tiene formas arcaicas, casi de blues, como ese regreso a la tierra, o músicas que vienen de principios del siglo pasado en la música popular. Por ejemplo, hay un tema de Agustín Lara y nosotros venimos hablando de hacerle un homenaje desde 2006, y Demián sugirió “Naufragio” desde esa época. Hay muchos recuerdos de nosotros mismos, de nuestra propia música.

Por otro lado, este disco está al tope porque Milo Froideval fungió como un productor con la pasión de meterse a la cancha y moverle a la música, no solo al sonido de la consola. Además, como pianista y tecladista, es parte del nuevo sonido y eso también le agrega algo nuevo.

—El grupo se distinguió siempre por hacer música original. En un principio, todos los temas eran de Demián y Carlos, y posteriormente ya aparecían composiciones de Dan y Rodrigo. ¿En el caso de Nueva Luz, cómo fue el trabajo de composición?

C: Es bastante improvisado. La manera en la que trabajamos es directamente con el material musical, pero sí usamos referencias y hablamos a la hora de montar las piezas. Esta vez, por ejemplo, creo que es la que hemos llegado con las ideas más concebidas, semillas que arrojamos en el estudio y dejar que nazcan. Esa confianza y esa espontaneidad es la que hemos venido cultivando hace veinte años. Creo que es lo que hemos aprendido a hacer. Y todos componen porque todos son improvisadores. En esta música la partitura es el disco, no es como en la música formal que el compositor llega y discute con los instrumentistas; aquí sí hay guías y cosas escritas pero no son la música en realidad, son guías nada más. Entonces, desde ese punto de vista, sigue siendo esa colectividad, porque a diferencia del jazz de cierto tipo, o de pop, pues es obvio que vas a grabar cosas que ya están establecidas en esos lenguajes, pero aquí sigue siendo imaginar. A lo mejor yo llego con una pieza que tiene como fundamento un ritmo cubano, pero que hago en el bajo y necesito que le metan moogs y una caja de ritmos, entonces, a partir de ahí, sí hay una idea, pero es bastante colectivo, entonces todos seguimos siendo compositores y arreglistas.

D: Creo que eso nunca ha sido un issue en Los Dorados. En el primer disco toda la música era de Chars y Dem y nunca nos sentimos menos compositores los demás. Después, empezamos a hacer más música todos y creo que en ese sentido el grupo siempre ha sido muy generoso y comprensivo con el momento creativo de cada quien, de quien pueda traer semillas, chingón, y quien no, en el estudio sí tiene que hacer su chamba de hacer que eso que vino sea lo mejor posible.

—Ustedes pertenecen a la generación del cambio digital en la comunicación, en el cual también se apoyaron, pero todo evolucionó de tal forma que parece que lo más importante ahora es conseguir ‘likes’. ¿Cuál es su perspectiva?

D: Los Dorados nunca pretendió ser un proyecto que dependiera de esas herramientas para funcionar. O sea, es un proyecto de música y de música en vivo. Los discos siempre funcionaron, pero Los Dorados siempre fue una banda que tenías que ir a verla en vivo y el disco era una especie de gran invitación a eso. Es una banda que no depende de todos estos mecanismos en la comunicación digital tan complejos y tan cambiantes de la industria de la música. Solo de gente que tenga ganas de escuchar música y siempre hay suficiente. Entonces, en ese sentido, me da mucha curiosidad quién se va a acercar a este disco.

C: En el sentido del mercado musical nosotros aprovechamos bien ese cambio. Pero lo que tratamos con nuestra música es seguir conectados a una cuestión humana, aunque ahora todo sea, ‘hay que tener likes, o ‘hay que estar en Tik Tok’. Creo que la esencia y el espíritu de los Dorados es continuar con esa humanidad, con ese espíritu humano que siempre ha tenido nuestra música.

—¿Finalmente, qué representa este disco para Los Dorados?

C: Esa necesidad de continuar ese ente, esa música que está en nuestro organismo y que es parte de nosotros muy fuerte. Pero también, de alguna manera, es un mensaje de que hay que seguir adelante, a los colegas, a todo el gremio de artistas y comunidad en general. El título viene a raíz de la pandemia que fue un paro mundial. (Por otro lado), no es importante para Los Dorados tener una continuidad como si fuéramos una banda de pop que tiene que sacar sencillos cada tanto. Fuimos independientes desde un inicio y habrá gente que diga “uy después de 10 años”, pero en realidad teníamos que vivir esos diez años antes de hacer este disco. Creo que este disco representa el crecimiento individual y cómo podemos seguir trabajando y siendo parte de este ente que es Los Dorados. También refleja lo suertudos que somos de habernos juntado a cierta edad y desarrollar ese amor creativo en colectivo. Esa es la magia o suerte de cada banda. Esa libertad que tenemos de hacer lo que nos dé la gana es muy especial. El título Nueva luz describe bien la vibra y energía que tenemos.

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Los Dorados es: Dan Zlotnik (sax), Demián Gálvez (guitarra), Carlos Maldonado (contrabajo y bajo eléctrico), Rodrigo Barbosa (batería) y Dj Rayo (tornamesas).

Escucha el disco completo:

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