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Friego, una rebelión contra el sueño americano del jazz

El saxofonista tapatío Diego Franco lanza Friego, creativo y original proyecto que incluye música latinoamericana, canción popular e improvisación.

Por Oscar Adad

Aquella noche del 2012 el escenario del Centro Cultural de España echaba lumbre. El pianista Pete Drungle, el saxofonista Jay Rodríguez, el contrabajista Agustín Bernal y el batería Víctor Jones se fundían en salvajes improvisaciones colectivas, que atrapaban los oídos de los asistentes a la jam session del ciclo Alterna Jazz. A un costado de la acción, un joven —que a penas rozaba los 20 años— observaba, saxofón en mano, atento lo que sucedía mientras esperaba su turno de subir a la tarima. Yo lo miraba a él y me preguntaba si se atrevería a entrar en aquel volcán en erupción. De pronto, con la música a todo vapor, Jay Rodríguez lo llama con un gesto de cabeza, el joven atiende sin dudarlo, se planta justo en el centro del escenario, se coloca su instrumento en los labios y, desde sus primeras exhalaciones, atiza el fuego de la música y se funde con sus compañeros.

Diego Franco (Guadalajara, Jal. 1992) empezó a tocar desde su niñez en su natal Guadalajara. Proviene de una familia de músicos de la que obtuvo sus primeras instrucciones musicales. Primero con sus hermanas, quienes lo llevaban a clases de piano clásico, y después con su padre y su hermano, con quienes tocaba en bandas para fiestas patronales, grupos versátiles y bandas sinfónicas. Fue ahí que, desde muy pequeño, tuvo distintas experiencias tocando en vivo que definirían buena parte de su sonido, intereses y estética compositiva. “En el versátil había papeles y tenía que leer, pero en la banda popular, no; eran canciones que no conocía. Me aprendí muchas y, sobre todo, el oído se me despertó mucho ahí —recuerda—. La otra fase fue cuando mi papá y mi hermano tocaban en una banda sinfónica de vientos en Tonalá. Entonces, un poco entre banda sinfónica y banda popular, ensayábamos un par de días a la semana y tocábamos los domingos en el kiosko del pueblo”, relata.

Desde su llegada a la ciudad de México, en 2011, llamó la atención del circuito de jazz chilango. Su sonido denotaba a un joven músico en formación pero que absorbía con avidez el lenguaje del jazz. Podría decirse que estaba más que obsesionado con el estilo. No era para menos: pocos años antes, y aunque ya tocaba el saxofón con su padre y hermano, a Diego no le interesaba dedicarse a la música de manera profesional, él quería estudiar Zoología. Pero cuando descubrió el jazz —a través del disco Giant Steps de John Coltrane y al ver en vivo al saxofonista norteamericano Donnie McCaslin— se decidió por la música. “Ver a Donnie McCaslin en vivo, escucharlo así, que me despeinara el aire de su campana, fue la experiencia más alucinante. Fue la que me hizo querer ser músico”, contó en una charla con Fundación Tónica. A partir de entonces se sumergió de manera autodidacta en el estudio y la escucha del género. “ Tenía 17 años, empecé a escuchar todas las cosas de jazz, y ya quería tocarlo”, cuenta.

Luego de su revelación musical decide dejar Guadalajara para probar suerte en la ciudad de México, donde rápidamente se hizo de un lugar y su carrera comenzó a crecer. Para 2015 grabó su primer disco: Chilacantongo, álbum donde conjugaba el jazz contemporáneo y sus intereses en la cultura popular. Asimismo, se le podía ver tocando durante casi toda la semana con distintos grupos de los músicos más destacados del circuito de jazz local. “Su teléfono no deja de sonar”, le he escuchado decir a un par de sus colegas. Por si fuera poco, en 2016 fue llamado a formar parte de Troker, grupo también tapatío con quien se presentó por primera vez en importantes escenarios internacionales como la afamada serie de conciertos Tiny Desk de la NPR y el legendario Monterey Jazz Festival. Tenía el viento a favor.

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En septiembre de 2016 fue la primera gira internacional de Diego con Troker. Estaba entusiasmado con la idea porque le representaba, además, salir por primera vez a los Estados Unidos y vivir en carne propia el circuito de jazz neoyorkino, el más importante y competitivo del mundo. “Como jazzero mexicano, sin visa, que nunca tuve conexión con ese país, dije: ‘Nueva York, ahora sí voy a ver todo, voy a conectar con esta onda y, en una de esas, me quedo’”.

Sin embargo, se encontró con la dura realidad de los músicos jóvenes que buscan un lugar en el circuito. “Vi muchos músicos de todo el mundo. Jóvenes realmente malviviendo por perseguir el sueño del jazz de Nueva York. Me acuerdo que conocí a un turco que se la pasaba en todos los jams. Tocaba muy bien pero hablabas con él y siempre te decía: ‘ah sí, sí, me tengo que ir a estudiar’ —lo imita con gestos y voz tensos—, o sea, ya la estaba perdiendo, según yo. Estaba todo flaco y pálido. Y pues sí lo va a lograr, pero a qué costo. Y así todos súper obsesionados. Y yo en ese momento me pregunté: ‘¿podrías con esto?’ pues no, la verdad, no. Ni soy tan estudioso, ni tan clavado. Me gusta dedicarle un tiempo a la música, al estudio, a mi instrumento y luego irme a cotorrear, cocinar, darme un rol, soy más relajado en ese aspecto, y sentí que en una ciudad así no podías no ser un obsesionado”.

Por si no fuera suficiente su experiencia con los músicos, Diego también se relacionó con un grupo de jóvenes migrantes mexicanos que profundizaron sus dudas, no solo de quedarse en la ciudad, sino de, incluso, continuar su carrera como músico profesional. “Vivían el sueño americano muy fuerte. Me sacó mucho de onda su idea del consumismo tan densa. Y en mi interior fue un incendio. Se me revolvió todo a tal grado que incluso quería dejar la música. Quería ya irme a estudiar otra cosa, obviamente tocar, pero no más para vivir”.

A su regreso a la ciudad de México continuó tocando en el circuito del jazz, pero sin el ímpetu y la frecuencia que lo caracterizaban. Se le veía intranquilo, algo deprimido. También había tomado la decisión de abandonar a Troker, con quien duró hasta 2018, y con algunas de sus amistades cercanas compartió su intención de dejar la música. Atrás había quedado ese joven a quien el jazz norteamericano le reveló un camino de vida.

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Arte de portada: Jimena Estibaliz

Sin embargo, en ese largo periodo de duda, Franco empezó a hacer bocetos junto con su colega, la cantante y compositora mexicana, Laura Itandehui, de algunas canciones que darían forma a Friego, el proyecto que encendió de nuevo el fuego interno que parecía a punto de extinguirse. “Me motivé mucho porque sentí que había encontrado algo mío de verdad, un lugar donde realmente podía llevar a cabo las inquietudes musicales que tenía”, recuerda.

Friego es un concepto colectivo, de estética inquietante y propositiva porque, aunque tiene referencias familiares y accesibles al oído, no pertenece a ningún estilo en particular. Podría decirse que es un espacio efervescente donde conviven el deseo por reivindicar la música popular latinoamericana con la que creció su autor, su búsqueda por alejarse de la absurda obsesión del mundo del jazz y la abstracción de la música instrumental, y su amor por las posibilidades creativas de la improvisación. “Desde el principio quería que no hubiera jazz, sino improvisación —afirma el saxofonista—. He estado muchos años aprendiendo, buscando el jazz, el sonido del saxofón, y me gusta, me ha traído cosas muy buenas, pero, en este proyecto y etapa, quería explorar ritmos latinoamericanos y un poco apropiármelos, transformarlos e incluir la canción. Además, tenía la necesidad de no ser el protagonista, quería un sonido más de grupo”.

Para materializar la rebelión en sonido, Diego conformó una banda no solo de dotados músicos e imaginativos improvisadores, sino de verdaderos agitadores sonoros. Un grupo de creativos artistas que se mueve en la periferia del circuito por seguir sus intuiciones y no alinearse a las formas mainstream que suelen escucharse en los clubes de la ciudad. Pero como dice Masahiko Shimada, la victoria se gana siempre en la derrota. Así, Friego se compone de Diego Franco (saxofones), Leika Mochán, Zindu Cano, Kevin García y Eugénie Jobin (voces), Vico Díaz (leona) Misha Marks (bombardino y latarra), Jacob Wick (trompeta), Miguel Cruz (percusión), Rosario Cornejo (zapateado), y un coro de niños compuesto por Julia Fridman, Maya López, Bruno Cruz y Leonardo Grajales.

Pulpa y Culpa (Independiente, 2021) es el resultado de esa reunión en el estudio, en el que además de la estética musical, llaman la atención las “canciones de conciencia” como las llama Franco. Composiciones confeccionadas con sensibilidad y gracia como “Lamento”, donde se le canta a los desaparecidos y que, de acuerdo al Comité de la ONU contra la Desaparición Forzada, hasta noviembre de 2021, se contabilizaban en México alrededor de 95,000. O bien, “Unción” o “Funcionario Arrepentido”, en las que se denuncia la corrupción, fenómeno en el que de acuerdo a Transparencia Internacional en su informe del 2021, México ocupa el lugar 124 de 180, además de ser el peor evaluado de los 38 países que conforman la OCDE.

Pulpa y Culpa es estimulante porque no solo toca con inteligencia problemáticas sociales que el circuito del jazz mantiene casi al margen, sino también porque a través de la reivindicación de la música popular latinoamericana, muestra otras formas de abordar el jazz desde un lugar creativo y menos sumiso a lo que dicta la forma y enseñanza estadounidenses, muy bien afianzadas y difundidas en México. Aprovecho para preguntar a Diego su punto de vista sobre si el jazz en nuestro país necesita seguir ese camino trazado por la escuela norteamericana.

“Es algo muy personal —explica—. He tenido pláticas duras con mucha gente sobre esto. Yo sí tengo la onda de ser mexicano, ver qué hay en México, Latinoamérica y hacer algo con ello. Pero tengo amigos que realmente no les gusta nada de eso, amigos que son jazzeros pero rockeros, o blueseros de hueso colorado y no les interesa nada más. Cada quien tiene su onda, pero como país vecino estamos muy influenciados por Estados Unidos, y no solo en el jazz. A mí me gustó mucho cuando fui a Bogotá y vi la escena colombiana. Tienen la onda del Caribe, andina, brasileña, están ahí en el núcleo de la latinidad chingona, y al mismo tiempo están al pendiente de la vanguardia, la música contemporánea, entonces hay un montón de proyectos y propuestas, pero nosotros tenemos esa proximidad con Estados Unidos”…

Diego se escucha emocionado y satisfecho con Friego, un parteaguas en su vida. Está motivado a continuar con el proyecto, pero sin abandonar su lado como jazzista. De hecho —me cuenta— ya pronto sacará un nuevo álbum dentro de ese estilo.

Dice también que ya planea el segundo material de Friego, que incluirá un cómic y un disco. Adelanta un poco la temática y suena interesante y a la vez divertido lo que tiene en mente. Me cuenta sobre Tamalo, uno de los personajes del cómic que vuelve de la era prehispánica con una misión muy particular.

“Es el espíritu del tamal prehispánico que nació porque la gente le daba energía, era un espíritu bien chido, juguetón, buena onda. Y luego, cuando llegaron los españoles y la Conquista, no aguantó tanta masacre y saltó a otra dimensión, con esta creencia —explica— de que hay varias civilizaciones que solamente saltaron a otra dimensión. Entonces, como no se ha dejado de consumir el tamal, regresa y se encarga de sabotear las prácticas que permanecen de algún tipo de colonialismo, ya sea europeo o gringo”.

Inevitable relacionar a su personaje con su creador.

— Parece que Tamalo tiene un poco o mucho de ti… —le suelto—

Diego se queda pensativo, sonríe, y responde. — Algo, sí…

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