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‘Algo en un espacio vacío’, la estimulante obra performática de Paula Shocron y Pablo Díaz

La pianista y el baterista de Argentina ponen frente a nuestros sentidos un provocador trabajo en el que, a través del indómito torrente de la improvisación libre, conviven el sonido, lo escénico y lo visual.

Solo cuando olvidamos todos nuestros conocimientos empezamos a saber”.

Henry David Thoreau

Por Oscar Adad

La frase sugiere infinidad de posibilidades: Algo en un espacio vacío. Pensémosla lenta y sopesando palabra por palabra: Algo en un espacio vacío. La frase cobra vida y se transforma en una puerta que se abre para explorar un espacio de creatividad e ideas que nos revela diversas formas de vincularnos con el entorno. La pianista Paula Shocron y el baterista Pablo Díaz, artistas clave en el circuito de improvisación libre en Buenos Aires, nos invitan a cruzarla y ponen frente a nuestros sentidos un provocador trabajo en el que, a través del indómito torrente de la improvisación libre, conviven el sonido, lo corpóreo, lo escénico y lo visual.

“Un poco la cuota de incertidumbre es el lugar o las condiciones con las cuales justamente dialogamos —explica Paula—, porque ese es el proyecto: dialogar con eso que está ahí. Y es parte de la performance descubrir ese espacio: cómo suena, qué lugares tiene, qué sonoridades, sus materiales, su acústica. Y todo eso es en tiempo real”.

La mecha de la obra se encendió en una gira a la ciudad de Nueva York, en 2015, en la que, en medio de su agenda organizada, surgió la oportunidad de hacer un concierto extra, sin embargo, había un detalle: el lugar ofrecido no contaba con instrumentos. “En vez de decir que No, dijimos Sí. Como ponernos ese desafío de decir, bueno a ver qué hacemos”, relata la pianista. Fue así que ella echó mano de sus años de trabajo e investigación con el cuerpo, el movimiento y la voz, y Pablo consiguió partes de una batería prestada para llevar a cabo la presentación. A partir de entonces, tuvieron sus primeros hallazgos.

“Comenzamos a darnos cuenta que cuando salíamos de nuestros instrumentos principales ya empezaba a pasar otra cosa, otro diálogo en escena, una trama —continúa Shocron, quien en este proyecto, además del piano, utiliza la voz y el cello—. A veces, cuando estás tan ensimismada en tu instrumento, se terminan armando situaciones musicales muy similares porque ya sabemos lo que tocamos, y frente a esta incertidumbre aparecían otras cosas. Ahí nos dimos cuenta que había algo escénico a explotar y fue lo que nos llevó después a querer investigar”.

“Lo escénico es algo que los músicos creemos que tenemos, pero no tanto —agrega Pablo—, porque nos sacan del instrumento y no sabemos qué hacer, da un vértigo bárbaro. Y yo siendo baterista es esa cosa de escondernos un poco atrás del instrumento. Y siempre me intrigó, no hacer una performance, que a veces lo he terminado haciendo, pero me interesó romper un poco esas estructuras del instrumentista en el instrumento y de que se toca de tal manera y no de otra. Y a veces se rompen tanto que se terminan generando situaciones escénicas en las que ya el instrumento quedó atrás y uno está adelante, pero hay algo lindo de eso, de lo escénico que se genera, los cuadros que armamos, es algo que a mí me atrae mucho”.

La obra maduró en una residencia de performance que realizaron en Centro Cultural Sábato, en la ciudad de Buenos Aires, en 2019, para después grabar el resultado sonoro en el estudio. Finalmente, y después de cuestionarse la pertinencia del disco físico, decidieron hacer una edición limitada en formato de libro-disco, acompañada de textos del contrabajista William Parker, la cellista Violeta García, y hermosas y elocuentes acuarelas de la pianista y pintora Verónica Trigo. “Amplió un proyecto que se gestó más por lo performático, pasó por el estudio y después compartió con estas acuarelas. Como que está dando una vuelta que tiene que ver en sí con el proyecto”, dice Paula.

“Para mí fue un mundo sonoro donde cada detalle, quizá ínfimo o una gran sonoridad, me transmitían un mundo, me venían muchas imágenes. Es una música colmada de detalles, y en cada una de las obras fue un mundo diferente que se planteó”, recuerda Trigo, quien pintó en tiempo real mientras escuchaba cada uno de los temas grabados.

De hecho, la pieza, por su naturaleza misma, ofrece la posibilidad de apreciarla desde distintos ángulos, ya sea desde los evidentes, como escucharla en orden, atendiendo al nombre de los temas y la acuarela específica, o bien, ser libre como escucha-observador y experimentar con la apreciación misma. Instiga a buscar formas originales de vincularse con ella.

Asimismo, lo que sucede en vivo es un proceso de búsqueda, diálogo y descubrimientos infinitos con el espacio, los instrumentos, el cuerpo y los objetos que están ahí por única vez. Nada está escrito ni definido y solo depende de la disposición del espectador a, como sugiere la obra, dejarse caer acompañado por Shocron y Díaz. Así lo recuerda Trigo:

“Realmente es algo como sucede en la música, instantáneo, efímero, fue increíble. Ellos tienen un manejo también del cuerpo que está muy relacionado con eso que suena. Realmente no sé si puedo decir ‘acá hay un ejercicio corporal’ ‘acá fue un ejercicio sonoro’. No sé si lo puedas identificar como algo individual, ya es una cosa que está ensamblada y es muy interesante. Trabajaron hasta con papel aluminio, pero para mí eran olas del mar, cómo sonaban, transforman un poco todo”, relata.

Algo en un espacio vacío es una apuesta por conocer a través del desconocer, es decir, reflexionar en torno a nuestras estructuras del cómo construimos conocimiento y buscar nuevas formas de hacerlo. De ahí que al apreciar la pieza se pueda establecer un profundo vínculo con ella más allá de la relación tradicional artista-espectador, y es porque se construye conocimiento en colectivo, de forma horizontal, y desde un lugar donde también se muestra ese halo de vulnerabilidad que implica el descubrimiento, empezando por Paula y Pablo. Y, de paso, la obra revitaliza el sentido de la improvisación libre (una práctica muchas veces narcisista y autoerreferente), porque es incorporada como un medio y no un fin en sí misma.

“Creo que tiene que ver con entrar a un lugar en la performance como de cierto desconocimiento, cierto vértigo, con un “descontrol” de algo que no sabemos muy bien cómo va a suceder —explica Pablo—. Esa situación de vértigo nos pone en un lugar en el que tenemos que sincerarnos mucho para abordarlo. Hay algo de la extrema sinceridad cuando lo estamos haciendo, donde se rompen un montón de estructuras para encontrar esa cualidad, y una vez que podemos como desarmar todo eso, nos encontramos en un lugar distinto, nuevo, que quizás el conocimiento estructurado con el que venimos no tiene sentido, no tiene tanta validez. Y lo que le sigue lo desconocemos a medias, porque sabemos más o menos dónde puede caer eso que estamos por lanzar al vacío. Entonces, es ese punto, ese vértice”.

“Es esto como ‘qué es saber’ y ‘qué es conocer’ —reflexiona Paula—, porque a veces pareciera que saber y conocer lo relacionamos mucho con incorporar información que ya está dada, y me pregunto realmente si eso es así, o si es así en un cien por ciento. En esta cosa de saber, conocer o incorporar conocimiento tiene que haber un lugar de estar un poco perdides para que realmente se produzca, porque si no, vamos a estar como espejeando cosas que ya existen, por eso digo que también hay algo de despojarse de lo que sabemos, que es para volver a saber”.

Algo en un espacio vacío nos llama a dejarnos caer al abismo, un abismo habitado por sombras, incierto, desconocemos qué hay en la penumbra que nos observa, pero es esa obscuridad estimulante que evoca Rebecca Solnit cuando dice que, de hecho, el futuro es obscuro, pero que es la mejor cosa que puede ser, ya que los efectos de nuestras acciones pueden desenvolverse de maneras que no hubiéramos podido prever y ni siquiera imaginar.

No hace falta pensarlo más. Vayamos.

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