Los Toscos, colaborar o morir

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Con la idea de colaborar con importantes músicos de distintos países y estilos diversos que pueden ir del free jazz a la cumbia, el combo bogotano Los Toscos se perfila como uno de los proyectos más atractivos de Latinoamérica. 'Caminando sobre huesos / Lloraré, llorarás' es su último trabajo con la brasileña Ava Rocha.

Por Oscar Adad

Cuando el guitarrista bogotano Kike Mendoza escuchó por primera vez al saxofonista Tony Malaby, selló su futuro. En aquel lejano momento del 2006 no sabía que el mundo de libertad descubierto en la música del norteamericano era también la semilla de un atractivo proyecto que se basaría en colaborar con relevantes figuras de distintos estilos, geografías y generaciones. Kike tampoco sabía que grabaría con Carmelo Torres, ícono de la cumbia sabanera; con los brasileños Ava Rocha y Negro Leo y su rock vanguardista; con el saxofonista Peter Brötzmann, leyenda del free jazz; ni con el propio Tony Malaby. Mucho menos pensaba que él mismo bautizaría al proyecto. Ese proyecto llamado Los Toscos.

Los Toscos tiene diferentes orientaciones estéticas -relata Kike desde su casa en Bogotá-. Al principio pensé que iba a ser un proyecto jazzístico, pero en la búsqueda que hemos tenido nos dimos cuenta que a veces los estilos acaban siendo una especie de barreras que, por pertenecer a determinado género, uno no pasa a otro. Y me ha parecido muy chévere Los Toscos porque podemos acercarnos con respeto y todo el profesionalismo a las diferentes corrientes estéticas”.

La historia se remonta a la estancia de Kike en Argentina, donde estuvo entre 2006 y 2009 profundizando en el estudio de la guitarra en el Conservatorio Manuel de Falla y con profesores particulares, entre ellos, el reconocido pianista Ernesto Jodos. Ese tiempo también le sirvió no solo para el estudio, sino para experimentar una costumbre entre los músicos argentinos que no tenía en Bogotá: las llamadas “juntadas”, donde descubrió la música de Malaby.

“En Colombia uno se reunía para ensayar música que se tenía que tocar en algún lugar. Y en Argentina es muy común eso que le llaman “la juntada”, que es para compartir, tocar, tomar mate. Uno empieza a relacionarse con gente. Y en una juntada un compañero guitarrista del conservatorio me llevó un disco quemado de Malaby, ahí empecé a perseguir su música. Y muy loco que seis años después de haberlo escuchado me mando a escribirle. Bonito, una experiencia muy bacana”, me cuenta.

Dos años después de su regreso a Bogotá en 2010, Kike empezó a buscar la forma de llevar a Malaby a la ciudad. No había intención alguna de ir más allá de eso, quizá solo el hecho de invitar artistas a Colombia y compartir música con ellos. Sin embargo, se dio una situación que fue crucial: Kike recuerda estar afuera del bar MatikMatik con Ben Calais -propietario del foro- a quien le propuso llevar a Tony a Bogotá; Ben le respondió incrédulo si solo entre los dos. En ese momento pasó el contrabajista Santiago Botero -relata Mendoza- “le pregunté si él nos ayudaría a traerlo, dijo que sí y le dije a Ben: ‘¡los tres, entonces!’”. Los Toscos habían nacido.

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Llegué a Bogotá, empezamos a ensayar y noté un sabor muy distinto y muy auténtico. Los chavos no trataban de tocar como los de Nueva York. Son originales, llevan mucho de sus raíces y de su ritmo de la ciudad”. Tony Malaby para Órbita TV

“Cuando Tony llegó aquí a Colombia fue una locura -cuenta Kike-. Fuimos Santiago y yo al aeropuerto y estábamos un poquito nerviosos: ¡estábamos trayendo a un recapo! Y muy buena onda, empezamos a hablar y a tomar cerveza hasta tarde. Es un gran tipo, habla muy bien el español por su historia, por sus vínculos con Latinoamérica. Puede ser muy recio también. Puede estar de mal genio y se pone un poquito tensa la vaina”, relata.

“Fue una semana de ensueño -rememora Santiago Botero en su muro de Facebook-. Lo recogimos en el aeropuerto y, justo antes de conocerlo, Kike me preguntó: ‘Oiga ¿y si el man es un careverga?’ Ya era tarde. Ya le habíamos pagado el tiquete, vendido boletas del toque y los cupos para los talleres. Y para nada careverga, todo lo contrario. Ese día comimos en Matik, nos emborrachamos y hablamos de todo, sobre todo de música. Recuerdo que Tony me mostró un bootleg de Coltrane en vivo y grabado de la peor manera. El cuarteto de Coltrane haciendo mierda el lugar, que cosa tan hijoeputamente bella.

“Ensayamos, comimos, ensayamos, comimos y parchamos -prosigue Santiago-. El concierto fue algo mágico. Mucha gente cayó a ver a este titán de la música de hoy pararse en Matik a tocar saxofón junto a unas pirucas chapinerunas. A hoy, creo que no di la talla de ese toque, pero me lo gocé todo. Le metí perrenque. Recuerdo que al terminar el concierto me puse a llorar en el corredor detrás de la barra de Matik, porque para mí fue algo muy fuerte emocionalmente haber compartido tarima con amigos y con alguien que ese día se convirtió en mi maestro. Alguien cuyas palabras todavía retumban en mi cabeza y por ellas es que sigo dándole a esta vuelta”.

Gracias a esa fuerte conexión, Malaby volvió en repetidas ocasiones a Bogotá, una de ellas, al décimo aniversario de MatikMatik, en 2018. De dichas visitas surgieron dos grabaciones: Kalimán (2013) y La vigilia de las flores (2019).

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Eso fue una innovación loca que hicimos con Los Toscos. Todo salió bien porque los pelaos tienen swing, son muy buenos”. Carmelo Torres para Revista Arcadia.

El segundo artista para colaborar con Los Toscos fue el acordeonista Carmelo Torres, leyenda de la cumbia sabanera. “En el jazz es como tocar con Miles Davis”, afirma Santiago Botero en el podcast Simona Dice. Para la ocasión se armó un grupo conformado por músicos bogotanos muy cercanos a la tradición de la cumbia. Sin embargo, Kike me dice que un principio no sabía qué iba a hacer en el grupo.

“Cuando hicimos el primer concierto yo no estaba tan familiarizado con esa tradición de la costa, y en el grupo que se armó todos la conocen mucho: Mario Galeano, Pedro Ojeda, Juan David Castaño y Santiago. Y yo, pues…guitarra eléctrica. Tenía un poquito el ‘¿cómo voy a encajar ahí?’. Y me dejé llevar más por la onda de qué podría hacer yo con ese estilo, y el maestro siempre se mostró muy abierto a que yo pusiera mi manera de tocar. Hemos hecho muchos conciertos, muy querido Carmelo, siempre con muy buena actitud”.

Y es que Kike es un guitarrista que se mueve más en los terrenos del jazz, el rock y la música experimental, como puede constatarse en su trabajo con la banda Suricato y su proyecto solista. “Lo que yo pongo sobre el proyecto es a veces bien distinto a lo que uno esperaría escuchar. Lo que sí fue muy simpático es que para la grabación del disco hicimos un video y, cuando lo subimos, hubo unos comentarios muy chistosos; al principio me daban un poquito duro, pero al final es lo que yo hago. Hay uno de alguien que dice: ‘¡cómo la cagó el puto de la guitarra!’”, me cuenta mientras suelta una carcajada.

– Bueno, es que también hay muchos puristas -le hago notar.

– Sí, claro. Y además de que está acompañado de tradiciones culturales, entonces entiendo esos puntos de vista. Pero también me parece que las tradiciones se van moviendo, porque de alguna manera se crean este tipo de relaciones entre músicos de diferentes regiones, de diferentes ondas y empiezan a aparecer estos diálogos con estos resultados.

De la colaboración con Carmelo Torres surgió el disco Carmelo Torres y Los Toscos (2015), reeditado por el sello San Saba Records en 2019.

 

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Recibí una invitación muy amable para ir a tocar a Bogotá. Siempre tengo curiosidad de la música que se toca en otras partes del mundo. Me informé un poco y, sin pensarlo mucho, acepté. Obviamente no recibes todos los días una invitación para ir a Colombia. Lo único en lo que no pensaba era que Bogotá está a casi 3000 metros de altura y mis pulmones, que ya están dañados, no me funcionarían.

El día que llegué, casi muero. No podía caminar, comer, beber, hablar, casi nada. Los amigos que me recogieron se preocuparon y al día siguiente tenía un pequeño tanque de oxígeno en mi habitación. Volví a la vida. Hasta pude hacer las caminatas que me gustan tanto en ciudades extrañas. Pero toda mi estancia estuve un poco frágil y tuve que ser muy cuidadoso.

Hacer música es todavía un acto social. Tienes que estar frente a tu colega en el escenario y frente a la audiencia. No hay otra manera. Y, claro, todos somos diferentes. Y una de las cosas que aprendes en el camino es respetar a tus colegas por diferentes que sean. En Bogotá encontré músicos muy preparados, con grandes oídos y sensibilidad. Estamos acostumbrados a hacer nuestro mejor esfuerzo y fue lo que hicimos.

Y no, no descubrí nada nuevo o distinto en la forma de tocar. De todos modos, no soy amigo de las generalizaciones: ‘los colombianos son…’, ‘los alemanes tan…’, son tonterías. Todos somos iguales y todos somos diferentes. Pero había un músico que destacaba de los demás, era el flautista. Estaba tan en lo suyo… Nada que ver con con lo que hizo el resto de la banda, pero por eso contribuyó de manera importante a la música.

Aunque mi estado de salud no fue el mejor, disfruté mucho mi estancia en Bogotá: la gente, la ciudad, la comida, la música. Estoy muy agradecido de haber tenido la oportunidad. Fui invitado a volver con mi proyecto Full Blast, pero tuve que decir que no porque mis pulmones no mejoran. Una pena, pero, de todos modos, el virus acabó con todos los planes.

P. Brötzmann.

Wuppertal, Septiembre 18 de 2020.

*De la colaboración del saxofonista Peter Brötzmann con Los Toscos, en 2016, se grabó el disco La vigilia de las flores (2019).

**Peter Brötzmann (Alemania, 1941). Desde su aparición en el circuito musical a fines de los años sesenta es considerado uno de los artistas más relevantes dentro del free jazz y música improvisada de la historia.

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La música de Ava Rocha y Negro Leo es otro mundo en el que Los Toscos se aventuraron a explorar. Podría llamarse rock, pero su sonido también abarca buena parte de la tradición musical brasileña. En definitiva, no deja indiferente. Ben les mostró la música a Santiago y Kike, les encantó y echaron a andar el proyecto. El resultado fue la grabación de 4 temas, los dos primeros con Ava Rocha, llamados ‘Caminando sobre huesos / Lloraré, llorarás (Names you can trust, 2020); y los dos restantes grabados con Negro Leo, los cuales permanecen inéditos.

Vía correo electrónico le pregunto a Ava qué fue lo que le llamó la atención de un grupo como Los Toscos.

– Hacía tiempo que quería hacer un trabajo en Colombia y por suerte Los Toscos me invitaron a Bogotá a hacer una residencia. Me parecieron perfectos porque son músicos que cruzan intereses por la experimentación y tienen además gran calidad técnica y artística. Y las puras gana de crear un encuentro potente fue determinante. Me conquistaron. Me fui para allá con mi marido Negro Leo -que también participó en la residencia- y nuestra hija, Uma.

El encuentro se distinguió por la química y camaradería entre los artistas, pero con formas de trabajo diferentes, lo cual puso a prueba la capacidad de adaptación de Los Toscos.

“Hubo momentos de incertidumbre en la semana que estuvimos colaborando porque fue una relación distinta -recuerda Kike-. Ava y Leo no vienen de la tradición jazzística ni nada de eso, entonces las dinámicas de trabajo son diferentes. Ellos tiran la idea y nosotros vemos cómo la podemos acomodar. No nos mostraban partituras, sino la canción, entonces muchas veces lo que hacíamos era escribir las cifras, hacer los papeles y, desde ahí, empezar a buscarle. Pero también fue mucho de estar compartiendo en Matik, parchando…grabábamos unas cosas, probábamos otras… Buscamos mucho. Y en esa incertidumbre está el, ‘ush, venga, ¿para dónde vamos?’. Como que queda esa sensación de que no está tan claro el resultado, pero finalmente uno va aportando desde su manera de ver las cosas y va a apareciendo la música que apareció”, relata Kike.

– Suena a que fue la colaboración más compleja

– Sí, sí, pero fue muy chévere. Cada situación tiene su momento de tensión porque, a pesar de la onda, tiene que salir un resultado, y pareciera que uno mide con ese resultado. Pero lo que me he dado cuenta es que no debe ser tan así, sino en realidad, ese ejercicio de compartir con el otro, dejarse afectar, y que pase de una manera recíproca, es lo que importa.

¿Qué han aprendido de trabajar con artistas tan diferentes entre sí?

Que las dinámicas de trabajo siempre son distintas y cada que hay un cambio, en un primer momento, como que es difícil. Con Tony fue mucho más parche, con Brötzmann fue un poco más serio. Pero lo que está muy chévere de estos intercambios es que uno también tiene que cambiar. En las dinámicas de hacer música no hay UNA manera, UN procedimiento, entonces es aprender y es una chimba. Por ejemplo, Carmelo no nos decía tampoco nada, él tiene un llamado para empezar y terminar los temas que yo no conocía. No es como cuando uno estudia en la universidad: “listo, cuente dos compases”, no, en la música no pasa así. Y esas dinámicas, cuando pasan a la academia, pasan filtradas con una manera de pensar distinta y uno se aleja de esa esencia o esa naturalidad con que sale la música en otros contextos.

– ¿Qué hace que funcione un proyecto como Los Toscos?

Yo creo que varias cosas. Por un lado, está un tipo como Santiago que es un gestor increíble con mucha pila y mucha creatividad; está Ben que es el dueño de un espacio y, con tantos proyectos que hemos hecho juntos, es como un productor. Y la ventaja es que ninguno deja colgado al otro, porque pareciera que los proyectos que no dejan plata no hay razón para meterles energía y yo creo que la plata no es lo único que se gana de hacer proyectos artísticos.

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– Por cierto, está bueno el nombre del grupo…Los Toscos ¿a quién se le ocurrió?
– A mí -responde Kike
– Oye, pero tú me pareces el menos tosco de los tres…
– Pues, no sé -me dice mientras suelta risilla pícara-, de pronto tengo mal gusto y tiro chistes de mal gusto
– A ver, cuéntame uno…
– ¡JA! -suelta la carcajada- ¡Es que no me salen así nomás!, pero más adelante los vas a escuchar.