Las edades de Juana Molina

Una mirada a la vida de la bonaerense Juana Molina a través de su álbum Wed 21.

Por Zazil Collins

Ataviada con un azul grisáceo, la bonaerense Juana Molina Villafañe nos confiesa vivir casi dentro de una burbuja, alejada del flujo informativo o los compases del caos citadino, y aunque prefiere rodearse por la naturaleza y sus sonidos, las giras nos la devuelven, a través de su trabajo como compositora, cantante y actriz.

A pesar de su aparente timidez, Juana conoce los escenarios al derecho y al revés; se planta en el centro de la tarima, de negro y con el cabello largo y naturalmente despeinado, con cierto semblante de rara, porque no es la representación típica de una mujer en escena; por principio, ella se asume como músico, antes que como un gancho estereotípico de la industria discográfica. Quienes hemos asistido a sus conciertos sabemos que será un momento de escucha y baile, tan irrepetible como un bucle infinito.

Juana trabaja en solitario, como viene haciéndolo desde 1995, alejada de los reflectores y las facciones generacionales:

“… siempre me sentí muy ajena a los movimientos, no soy amiga de ninguno de los músicos, nunca pertenecí a los movimientos; lo mío es muy aparte, de ermitaña… Ni sé lo que es un movimiento”.

El instinto animal de Juana suena al noroeste argentino, a tonadas y bagualas, a comparsas de sintetizadores y cajas de ritmos, y es que “uno termina siendo lo que lo nutrió de chico”:

“… mis padres escuchaban música de muchos lugares, y había un disco que era música del norte argentino, de Leda Valladares, que a mí me gustaba muchísimo y después había canciones de María Elena Walsh, con letra de Valladares y siempre me gustó mucho la música uruguaya [recordemos su “Misterio uruguayo”], son cosas que uno no sabe muy bien qué es lo que toma, y le resuenan, como que son parte de uno”.

Cuando canta, su voz parece rememorar un viaje sonoro a la infancia. De niña y adolescente, vivió el exilio en España y Francia, al lado de su hermana Inés y sus padres, la actriz Chunchuna Villafañe y el músico Horacio Molina, con quien desde muy pequeña grabó música.

La escisión del origen es un tema recurrente en su poética onírica y sus giros lingüísticos, establecidos desde la ironía de aquello que nunca es y siempre se está explorando.

A sugerencia de un amigo, cuenta que sus exploraciones pueden interiorizarse como “candombe japonés”, porque la música japonesa básica está emparentada con la música andina al ser una música pentatónica —como la de las escalas empleadas durante la meditación—, y ella tiene mucho de lo pentatónico. No es una búsqueda predeterminada, nos comenta, sino azarosa. Que sus discos comenzaran a sonar por primera vez en Japón, incluso antes que en Sudamérica, fue también una casualidad:

… “fue una brecha que se abrió y justo calzó un pie y dijo acá, acá echo raíces; ahí entendí que al haber escuchado tanta música en otros idiomas y música instrumental hace que yo esté mucho más conectada con la música que con las letras, y quizá eso es lo que finalmente se transmite”.

Como en “Un día”, que podría escucharse como una baguala electrónica, a Juana le interesa centrarse en la atención sobre las emociones y los pensamientos, en la respiración e imaginación que la música genera: la música sin letras:

“En lo mío, las letras siempre aparecen al final. Inclusive tengo todo el disco armado, las secuencias… y me faltan letras. Para mí, mi verdadera misión ya está cumplida, pero hay un protocolo que me dice que no, que tengo que escribir una letra. Pero la gente recibe la intensión original, que es la de música. Nunca sabré con certeza si es así, pero lo creo”.

Algo curioso le sucedió con la escritura del tema “Ay, no se ofendan”, que grabó sin letra y con el paso de las presentaciones le incorporó palabras que se le fueron viniendo a la cabeza a partir de imágenes mitológicas de Ulises y barcos en el Mediterráneo y que, finalmente, asoció con la armonía; en vivo, cobra otro sentido.

A Juana no le gusta usar un lenguaje pretencioso y trata de que éste pase inadvertido, que no perturbe la música ni desubique:

… “me molesta cuando sobresalen las palabras en la música, trato de que todo sea, muy humildemente, la letra diciendo “disfrácenme de melodía”; trato de mantener un equilibrio musical entre la fonética y el significado”.

A veces Juana prefiere callar, otras balbucear —como en el origen del lenguaje—, con el sonido del mundo y los sintetizadores del “Bicho auto”, en los que el Wed 21 suena como el zumbido del mosquito de la malaria, ferocísimo y alegre.

Sobre el título de Wed 21, su sexto disco en solitario, publicado en 2013 por la disquera belga Crammed Discs, Juana cuenta que lo escogió —a sugerencia de su hija— porque todos los nombres que llegó a pensar eran demasiado melancólicos, y sin duda su fonética intriga (no se quiebren la cabeza) y se relaciona con su personalidad, pues la ironía es fundamental en la vida de esta compositora e intérprete, desde luego, y aunque el sentido del humor en su música es menos evidente, es importantísimo:

… “hay sonidos que directamente son cómicos, que ya me causan gracia; hay cosas que programo con intención, otras que descubro, que no me esperaba y las dejo así”.

Esto sin duda, porque la época de Juana y sus hermanas —programa de sketches cómicos que condujo junto a Inés, de 1988 a 1994— fue emblemática para su carrera, tan así que incluyó la participación de músicos. Desde aquella edad, Juana nos incita a bailar, hasta salir del cuerpo.

La soltura creativa es su nódulo. Cuando joven dejó el conservatorio, leer música siempre le fue difícil y llegó a causarle rencillas con sus necios músicos, algunos muy académicos, otros más cadenciosos. Así conoció en 1995 al bajista Mariano Domínguez, quien tocó con una ella hasta que Andrés Calamaro le ofreció el oro y el moro; gracias a él conoció a su actual baterista, Diego López de Arcaute, pero en el momento no hubo química, era muy chiquito en ese momento. Luego un ingeniero de sonido le presentó a Odín Schwartz, bajista —irresistible, en palabras de Juana—, con quien resolvió que todos los bajos del Wed 21 se tocaran con sintetizadores, pero se dieron cuenta de que requerían más músicos:

… “a último momento nos dimos cuenta que necesitamos a una persona más; me la pasaba haciendo cosas y no podía interpretar, ahí, apurada invité a Diego, que ya había crecido… Ellos son mis pollitos; parecen más jóvenes de lo que son, y a veces me preguntan “¿sus hijos viajan con usted?” Eh, sí no podrían ser mis hijos… [Ríe] Nos divertimos, ya desarrollamos un código… No puedes estar con alguien que no soportás; son esas cosas que pasan con la gente que se ve todo el tiempo y se llevan bien, y cuando las cosas no van bien, hacemos una reunión y es increíble”.

Siempre emociona notar los ticks y la sonrisa que delata el gozo de los músicos en un show y se nota que Diego y Odín, los pollitos, se divierten cuando salen al escenario, aunque a veces olviden silenciar su celular y la novia les llame cuando están por tocar y Juana los regañe enfrente de todos.

Para el proceso de composición y montaje de la música de Juana —grabada y en vivo—, Odín ha sido trascendental en los últimos años, se nota su meticulosidad, pero en la fórmula, al menos de la última gira de esta alineación, Dieguito, como le dicen de cariño, imprime la fuerza animal que se une al estudio de Odín y al instinto de Juana… Esas tres cosas que forman su escudo de armas.

El tiempo nos lleva a preguntarnos y querer entender qué y quiénes somos, pero Juana propone, luego de soltar un “basta de querer encontrarle sentido a todo”, que la vida también es girar entre contradicción y risa, ser otra distinta.